Skip to content

El síntoma: cuando el proceso desplaza al propósito

Es curioso observar cómo, en el día a día, los equipos pueden pasar horas afinando cómo trabajar… sin cuestionar realmente por qué hacen lo que hacen.

Se discute:

  • Cómo estructurar el backlog
  • Cómo mejorar la estimación
  • Cómo optimizar ceremonias
  • Cómo medir la velocidad

Pero rara vez se abre espacio para preguntas como:

  • ¿Estamos resolviendo un problema real?
  • ¿Esto le importa a alguien fuera de esta sala?
  • ¿Qué cambiaría si dejáramos de hacer este proyecto mañana?

Y ahí empieza el problema. Porque cuando el proceso ocupa todo el espacio, el propósito se diluye.

¿Por qué pasa esto?

No es casualidad. De hecho, tiene bastante sentido si lo miramos de cerca.

1. El proceso es tangible. El propósito no tanto

El proceso se puede definir, documentar, medir, mejorar. El propósito… no tanto. Hablar de propósito implica entrar en terreno más difuso:

  • impacto
  • valor real
  • sentido
  • decisiones incómodas

Y eso genera incertidumbre.

2. El proceso da sensación de control

Cuando afinamos procesos, sentimos que estamos “haciendo algo”. Es visible. Es medible. Es defendible.

 “Hemos mejorado la eficiencia un 15%”
“Hemos reducido tiempos de entrega”

Pero… ¿eficiencia en qué exactamente?

Porque puedes ser extremadamente eficiente haciendo algo que no aporta valor.

3. El propósito obliga a cuestionar decisiones (y egos)

Hablar de propósito no es neutro. Implica preguntas como:

  • ¿Este proyecto tiene sentido?
  • ¿Estamos priorizando bien?
  • ¿Deberíamos parar esto?

Y eso toca decisiones estratégicas, inversiones, liderazgos… incluso identidades. No siempre es cómodo.

El riesgo silencioso

Cuando el foco está en el proceso y no en el propósito, empiezan a aparecer señales que, si no se observan, se normalizan:

  • Equipos muy ocupados… pero poco satisfechos
  • Roadmaps llenos… pero impacto difuso
  • Métricas positivas… pero clientes indiferentes
  • Mucho delivery… pero poco valor percibido

Y lo más peligroso: nadie lo cuestiona porque “todo funciona”.

Un ejemplo muy real

Imagina un equipo que ha conseguido:

  • Reducir su lead time
  • Mejorar su predictibilidad
  • Cumplir compromisos sprint tras sprint

Desde fuera, es un caso de éxito. Pero dentro ocurre esto:

  • El equipo no entiende el impacto de lo que construye
  • Las prioridades cambian constantemente sin explicación
  • El cliente final ni siquiera nota las mejoras

El proceso es impecable. El propósito… invisible.

Entonces, ¿el proceso no importa?

Claro que importa. El proceso es necesario. Es el medio. El problema aparece cuando se convierte en el fin. Un buen proceso sin propósito es eficiencia sin dirección. Un buen propósito sin proceso es intención sin ejecución.

La clave no está en elegir uno u otro. Está en el equilibrio.

Cambiar la conversación

Quizá no se trata de eliminar discusiones sobre procesos. Se trata de equilibrarlas. De abrir espacios donde también se hable de:

  • Valor real entregado
  • Problemas que merecen ser resueltos
  • Impacto en cliente o negocio
  • Qué dejar de hacer

Y, sobre todo, de hacer más presente el propósito en el día a día, no solo en presentaciones estratégicas.

El papel del liderazgo

Aquí hay una pieza clave. Porque si desde arriba solo se pregunta:

  • ¿Cuánto habéis entregado?
  • ¿Habéis cumplido el plan?
  • ¿Cómo van las métricas?

Los equipos optimizarán eso. Pero si empiezan a aparecer preguntas como:

  • ¿Qué valor estamos generando realmente?
  • ¿Qué estamos aprendiendo del cliente?
  • ¿Qué deberíamos dejar de hacer?

La conversación cambia. Y con ella, las decisiones.

Y en los equipos…

No todo depende de la dirección. Los propios equipos también pueden abrir este espacio. En una retrospectiva. En una daily. En una conversación informal.

Preguntas sencillas como: 

“¿Esto que estamos haciendo… tiene sentido?”  

“¿A quién le importa esto realmente?”

Pueden cambiar mucho más de lo que parece.

La paradoja final

Cuanto más madura es una organización, más tiende a sofisticar sus procesos. Pero no siempre madura en la misma proporción en claridad de propósito. Y ahí aparece una paradoja interesante:

Empresas muy organizadas… pero desconectadas de su impacto real.

Para cerrar… y abrir debate

Quizá no discutimos poco sobre propósito por falta de interés. Sino porque es más difícil, más incómodo y menos controlable que hablar de procesos. Pero también es lo que realmente da sentido a todo lo demás.

Así que te dejamos algunas preguntas abiertas:

  • ¿En tu organización se habla más de procesos o de propósito?
  • ¿Cuándo fue la última vez que se cuestionó el “para qué”?
  • ¿Qué pasaría si dejáis de hacer lo que estáis haciendo ahora mismo?
  • ¿Estáis optimizando el trabajo… o el impacto?

Porque al final… no se trata de hacer mejor las cosas. Se trata de hacer las cosas que realmente merecen ser hechas.

Y esa conversación… merece mucho más espacio del que suele tener.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Translate »