Aprendizajes reales de la CAS25 y de Esto no es la CAS
Organizar un evento suele contarse como una historia de hitos, fechas, ponentes y aplausos finales. Pero rara vez se habla de lo que ocurre cuando el camino no es lineal (que nunca lo es…). Cuando hay que parar, desmontar y volver a empezar sin tener del todo claro si merece la pena.
La experiencia de la CAS25 y, después, de Esto no es la CAS, ha sido exactamente eso: una travesía llena de idas y venidas, decisiones incómodas, emociones intensas y aprendizajes profundos.
Cuando no sale el equipo
Todo empezó mucho antes de cualquier decisión formal.
Empezó cuando no salió el equipo.
No porque no hubiera personas comprometidas, sino porque las circunstancias personales, profesionales y emocionales no acompañaban. La energía no estaba donde suele estar. Y cuando la base humana no está alineada, da igual lo bien diseñado que esté el plan.
Ahí apareció la primera tensión importante: seguir adelante “porque toca” o aceptar que algo no estaba funcionando.
Aceptar esto último duele. Duele porque implica renunciar a expectativas, a la ilusión acumulada, a todo el trabajo ya invertido. Y porque en comunidades como la nuestra, donde todo se sostiene desde el voluntariado y el compromiso, decir “no podemos” se vive como un fracaso personal.
A esto se sumó una decisión nada menor: además de dar la cara frente a la Junta, fue la propia Junta la que acabó tomando el mando y asumiendo el rol de equipo organizador. No desde el control, sino desde la responsabilidad de sostener algo que ya no se podía delegar.
Tomar decisiones que duelen
La decisión de no seguir adelante con la CAS25 en su formato original no fue rápida ni sencilla. Fue el resultado de muchas conversaciones, algunas serenas y otras muy duras. De escuchar realidades distintas, de poner límites y de reconocer cansancio.
Un cansancio que no era solo operativo, sino profundamente emocional. A todo ello se sumó el peso de la controversia generada en torno a la keynote de Cristina, que supuso otra piedra más en un momento ya especialmente frágil.
Todo esto ocurría, además, en un contexto que no ayudaba: una venta de entradas muy por debajo de las cifras de septiembre del año anterior y un número reducido de patrocinadores confirmados. No como explicación ni como justificación, sino como reflejo del momento que estábamos atravesando.
Aquí apareció algo que rara vez se menciona cuando hablamos de agilidad: la carga emocional de decidir.
Hubo frustración.
Hubo sensación de decepcionar a alguien.
Hubo lágrimas.
Y también hubo silencios largos, de esos que pesan porque sabes que estás cerrando una etapa.
Cerrar la CAS25 no fue un ejercicio de agilidad de manual. Fue un ejercicio de responsabilidad, de cuidado y de honestidad con la comunidad… y con nosotras mismas.
El vacío después de parar
Parar no genera automáticamente claridad. Muchas veces genera vacío.
Durante unos días, todo parecía suspendido: las preguntas sin responder, la incertidumbre económica, la presión externa, la gestión de las expectativas.
Y una realidad especialmente dura: las devoluciones. Saber que hay personas esperando su dinero, querer hacerlo cuanto antes y no poder. Explicar una y otra vez los límites, los tiempos, las restricciones. Sostener la incomodidad de algo que sabes que no está bien, aunque estés haciendo todo lo posible.
Esta parte no suele salir en las fotos de los eventos. Pero es parte esencial del trabajo invisible que sostiene una comunidad.
Pivotar no es improvisar
Y, sin embargo, algo empezó a moverse.
No desde la euforia ni desde la épica. Desde una pregunta sencilla y honesta: ¿Tiene sentido hacer algo distinto con lo que ya hemos aprendido?
Así nació Esto no es la CAS.
No como un plan B apresurado. No como un parche para “salir del paso”. Sino como una adaptación consciente, limitada, imperfecta… pero posible.
Montar un nuevo evento en menos de un mes, con todo aún removido, fue intenso. Hubo cansancio acumulado. Hubo miedo a equivocarnos otra vez. Hubo dudas constantes.
Pero también hubo algo diferente. Este nuevo formato incorporó un valor diferencial claro, poniendo el foco en la inclusividad y la accesibilidad: lengua de signos, retransmisión en directo y la apertura a personas que hasta ese momento no habían podido participar en este tipo de encuentros. Algo que, hasta entonces, no se había dado en este contexto.
Pivotar no fue fácil. Pivotar fue arriesgar sin garantías.
Lo que sostuvo cuando todo pesaba
Si algo marcó la diferencia en este proceso fue la respuesta de la comunidad.
Mensajes de comprensión. Personas que preguntaban cómo ayudar. Gente que entendió que detrás de una organización hay personas, no máquinas.
Pero no fue solo eso. También nos sostuvo una cierta cabezonería. La necesidad casi visceral de que saliera algo. Y una espinita difícil de explicar: aunque sabíamos racionalmente que no éramos culpables de la situación, esa sensación también nos empujó a seguir adelante y a sacar el evento.
No todo fue amable ni todo fue sencillo. Pero hubo suficiente humanidad como para seguir adelante.
Ahí recordamos algo fundamental: la comunidad no se demuestra cuando todo sale bien, sino cuando toca acompañar procesos incómodos.
Agilidad cuando no hay respuestas bonitas
Esta experiencia nos ha recordado que la agilidad no va de marcos, ni de eventos perfectos, ni de discursos inspiradores.
Va de:
- aceptar la realidad, aunque no nos guste,
- cuidar a las personas cuando el contexto aprieta,
- soltar planes cuando dejan de tener sentido,
- y seguir aprendiendo incluso cuando duele.
No todo ha terminado. Siguen quedando temas por resolver. Siguen existiendo tensiones. Seguimos cansadas.
Pero también seguimos convencidas de algo: vale la pena construir comunidad desde la honestidad, no desde la perfección.
Seguimos
Esto no es una historia de éxito. Es una historia real. De frustración y resiliencia. De errores y aprendizajes. De lloros y conversaciones valientes. De desmontar… y volver a empezar.
Gracias a todas las personas que habéis estado ahí, incluso cuando no era cómodo. Seguimos. Con menos certezas. Pero con más conciencia.
